Habáname, que alguna vez fui tuya
"... ahora que vuelves, que volviste, que estás aquí, tienes que deslindar la alegría feroz, profunda que te encoge las vísceras de este estupor de haber regresado....Dios mío, mi ciudad, ciudad mía, Habana de mi amor!!!... " (1)
Hacia casi cuatro años que la vieja Isla no sentía mis pasos y no aguantaba ni un minuto más las ganas de olfatearla, de sentirla, de estrujarla contra mi pecho y decirle que la extrañaba. Habana, Habana si bastara una canción para devolverte todo lo que el tiempo te quitó... (2)
Si bien las idas y vueltas han sido una rutina año tras año desde que no vivo allí, desde que perdí mi condición de residente oficial, esta vez la cosa era distinta. Primero, porque no viajaba sola como era costumbre, mi hijita de 5 años en plena conciencia se convertía en la fiel compañera de viaje y segundo, tanto tiempo y tanta distancia... ¿Qué sorpresas me encontraría, que Cuba me abriría los brazos? Nadie sabía o no podían explicármelo y eso me generaba nervios, incertidumbre y a la vez mayor nostalgia.
Arribamos al Aeropuerto José Martí de la Ciudad de La Habana muy temprano en la mañana y como era sabido, todo el núcleo familiar me estaba aguardando. Gritos, llantos, abrazos y exclamaciones como: "Estás muy flaca, te estás muriendo de hambre en Argentina", no se hicieron esperar. Así ya en ese preciso instante, empezó la fiesta más larga y más corta del mundo. Un mes y un cachito, tiempo material suficiente para entender, que lo que alguna vez había sido mío ahora era de otros. Que todo había cambiado y que como dijo una sabia escritora, desde el año 1994 cuando se abrieron las ventanas entró no sólo la luz, sino también las moscas... pero bueno, para bien o para mal, ese es otro tema.
A ritmo de guaracha y con bombardeo de preguntas y exclamaciones: "¿Cuéntame cómo te va, qué novedades tienes? ¡Qué grande está la niña!", iniciamos el trayecto del aeropuerto a la casa de mi madre, el que así se hizo corto.
El grito de Ana Teresa, la vecina migrante del oriente del país, más bullanguera que de costumbre, alertó al vecindario y en un dos por tres de aquí, de allá y de acuyá salieron a saludarme y a conocer a la nueva integrante de la familia, a "la argentinita" como quedó apodada... ¿Y sabe hablar español?, preguntó algún desprevenido. Luego, un buchito de café para entrar en calor y varios timbrazos del teléfono, me dieron la subliminal cachetada haciéndome tomar conciencia de que estaba en tierra firme, de que mis sueños se estaban haciendo realidad y que tenía que estar atenta a cuánto pasara por mis cinco sentidos, que sería mucho.
Bienvenida a Cubita la bella, a la Llave del Caribe, al Territorio libre de antiimperialismo. Si, ya me encontraba allí. No sé si en calidad de coterránea, de foránea o de qué sé yo, pero eso sí, nunca de turista.
Como no podía ser de otra manera, no bien entré por la puerta de mi refugio infantil, hice una declaración formal de no tocar la cocina a menos que las circunstancias me obligaran, pues el derecho de cocinera de Galiano (3) , le correspondía a mi madre como fiel sucesora de mi abuela materna en ese arte. Y fue tal cual. Colgué mi delantal imaginario y lo que ocho horas antes, podía presentarse en mi mesa porteña con cara de spaguettis verdes o bifes angostos y ensaladas con toque gourmet, estas sofisticaciones ahora se abrían paso para cederle lugar a los frijoles, contundentes sopas, ajiacos, masas de puerco fritas, yuca con mojo, tamales y plátanos en diversos métodos de cocción. Elaboraciones todas super cargadas y sin yogures o postres ligh merodeando, que para flacas las sardinas y yo, de lo que siempre recibí el mote.
Vale no obstante aclarar que desde antes de mi salida de Buenos Aires y a causa de mi desconocimiento sobre la situación gastronómica de la Isla, uno de mis bolsos acaparó cuanto en la alacena estuvo a mi alcance: aceite, sobres de tinta de calamar, anchoas enlatadas, aceitunas en salmuera, chocolate en barra, levadura instantánea, Nesquik y leche en polvo, exóticas especias y semillas varias... para no abrumar con la lista. ¿Qué haría con todo aquello? ¿Podría desafiar a un paladar familiar desde la identidad del Río de La Plata? El tiempo lo diría y la situación también, pues a simple vista y apenas con pocas horas de llegada, los comentarios de las malas lenguas no los pude corroborar, ya que ni muertos de hambre, ni raquíticos los de allá, bien comiditos y con ofertas comestibles para todos los gustos y colores, había suficiente.
Y pasó el primer día y el segundo y todos los siguientes y yo seguía en un proceso de aclimatación muy especial, de aplatanamiento como el buen criollo, pues confieso que a pesar de mis añoranzas y de mi felicidad, por momentos me sentía como pérdida y desencajada y todo, ya fuera que mirara, que oliera o probara, me remitía a recuerdos infantiles, a los ya no presentes en este mundo y a los amigos que aburridos y cansados de la monotonía se fueron despidiendo diciendo Bye Bye bajito mientras se recorrían las 90 millas. Entonces era cuestión de tiempo y de asumir que tus viejos se llenaron de canas, primos y hermanos se hicieron adultos y mi hija, estaba entrando en una parte de la familia que hasta esa edad le había sido totalmente desconocida o conocida a medias. Me removí la morriña, limpié mis lágrimas y le dí un beso a Carlos Gardel, que casi casi me había convencido de la nostalgia que suena en cada tango. Me impuse el refrán más popular "relájate y goza que la vida es corta" y allá fui, a comerme todo y sino al menos, ese cacho de ciudad que me estaba esperando y que yo, viviéndola desde otro país, me sentía en plenas facultades de evaluarla, para bien o para mal, pero no como el común denominador.
Me recorrí las calles y cámara digital y una libreta de anotaciones en mano, se me hizo chica la ciudad.
Un saludo sabrosón,
Yilán
Referencias:
1. Llana, María Elena. Escritora y periodista cubana, Cienfuegos 1936. "Ronda en el malecón". Ediciones Unión 2004. Hermoso libro, una joya de los últimos tiempos para saborear y ponerse a tono, sobre todo, a aquellos que por x / y estamos lejos.
2. Varela, Carlos. La Habana, 1963. Músico y cantautor cubano de la Nueva trova.
3. Cocinera de Galiano, es una especie de referencia a la casa materna por extensión, del nombre de la calle "Galiano". Su nombre le fué otorgado por Don Martín Galiano, ministro interventor de obras de fortificaciones, quien construyera por esa época un puente con el mismo nombre. Durante los años de la Neocolonia, esta avenida estaba considerada como una de las más importantes en cuanto a asuntos comerciales y de paseo familiar. Desde entonces fué asentada oficialmente como Ave. de Italia, pero hasta hoy, todos la siguen llamando por su antiguo nombre.




Comentarios sobre Habáname, que alguna vez fui tuya
Espero que hayas encontrado alli lo que esperabas, lo que deseabas, y que a pesar de despedirte de tus seres queridos, hayas podido volver con buen sabor. Ojala puedas volver muchas veces. Sabes igual, que aqui siempre tendras un lugar.... pero tu tierra es tu tierra.
Me alegro mucho por tu viaje, te mando un abrazo grande y espero encontrarte en la facu.
Ana
mucha emoción de escuchar tu relato, el encuentro con tus costumbres, con tus amados. Tienen que venir a nuestra Morada en Entre Ríos, así conocés el pimentón dulce del aguaribay, la mousse de yerba mate, las pequeñas frutas finas del pitango, rojas y con gusto a selva en galería, el tamaño de las diferentes mentas nativas. Un abrazo muy fuerte a los tres y los esperamos.
De verdad estuviste en La Habana???????!!!!!???
La foto dice que si y la nena está enorme. En fin me alegro mucho por todos ustedes.
Nos vemos en la facu....
Un besote grande
Ada